Argentina tiene una frecuencia de cáncer que va de media a alta”
DANIEL GÓMEZ. INVESTIGADOR ONCÓLOGOEl cáncer causa más de 60.000 muertes al año en Argentina y repite en las grandes ciudades los índices europeos. Y en las provincias, los de América latina, dice el experto.
Fuente: www.clarin.com
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- Gustavo Sierra
El laboratorio encierra. Y los fluidos que se utilizan en las pruebas llegan a adormecer al investigador. Si no se hace un esfuerzo grande por reconectarse, por investigar pegado a la realidad, se corre el peligro de termina aislado como el “doctor chiflado” de un comic. Los laboratorios de oncología molecular de la Universidad de Quilmes escapan absolutamente a esta trampa de marfil. Ahí, se investiga y se experimenta siempre con un ojo puesto sobre la realidad argentina. Tratan de no perder nunca ese espíritu emprendedor de la sorpresa ante cada pequeño descubrimiento. Y a la vanguardia de esta ciencia imaginativa, con los pies en la tierra, está el investigador oncólogo Daniel Gómez, ex rector de la universidad y uno de los científicos más destacados en su especialidad en América latina. Investiga manteniendo siempre una mirada en ese ventanal que le muestra el hormigueo de esta calle de Bernal. “Investigar es maravillarse -dice con énfasis- es esa conducta primigenia que tenemos cuando somos chicos de encontrar algo y que nos sorprenda. Bueno, de alguna manera eso es la ciencia: la capacidad de tratar de sorprendernos porque la vida es dura y por eso buscamos volver a esas sorpresas infantiles”.
¿Realmente se sorprende después de 30 años de investigar?
Sí. Sin eso no tiene sentido hacerlo. Emerson era el que decía que la base de la ciencia estaba en la curiosidad.
¿Cuándo fue la última vez que se sorprendió?
Debe haber sido hace 6 meses, cuando redacté un nuevo proyecto para presentar al área de Fondos del Rectorado para que nos provea de financiamiento y encontré, digamos, una hipótesis, que puede ser cierta o no, pero que a mis ojos parecía posiblemente cierta. Eso despertó en mí ese entusiasmo, esa sorpresa del logro posible, de que la magnificencia de la vida o la magnificencia de la naturaleza puede estar a la vuelta de la vida y podemos tener la herramienta para encontrarla.
Se dice que usted está en una lista de posibles receptores de un Premio Nobel. ¿Es así?
No, no, yo creo que eso es una exageración de alguna gente amiga que me quiere mucho. Recibí distinciones que me honran y estoy muy contento con eso. Lo otro no tiene ningún fundamento.
¿Cuáles son sus investigaciones más destacadas?
El trabajo que realicé en Estados Unidos, mayormente, sobre cómo las células tumorales salían de los vasos sanguíneos a través de unas enzimas para invadir y hacer metástasis. Por esa investigación recibí el premio Guggenheim. La otra fue la investigación sobre otra enzima, la telomerasa. Todas las células mueren; sin embargo, las células tumorales son inmortales. ¿Por qué son inmortales? Porque expresan una enzima que se llama telomerasa y nosotros fuimos uno de los primeros grupos en inhibir la telomerasa por completo y hacer que la célula tumoral muriera como una célula normal.
¿Por qué no logramos aún llegar a una cura del cáncer?
Porque el cáncer es pleiotrópico, es decir, tiene muchas facetas, muchas caras, muchas causas y las células cancerosas son un organismo vivo, capaz de adaptarse a las diferentes cosas que nosotros podamos hacer. Cuando tratamos las células tumorales con quimioterapia, matamos al 95% de esas células. Es muy efectivo, pero queda el 5% que son resistentes y esas generan, entonces, un nuevo tumor que resiste la quimioterapia anterior. La célula tumoral está, por decirlo de alguna manera, programada para sobrevivir, para no morir y para conquistar otros tejidos: la metástasis. Cada uno de esos diversos tipos tumorales, a lo mejor, tiene un elemento particular que es el que maneja esa conducta de inmortalidad. Un elemento señalizador que le manda siempre una señal de “seguí viviendo”. Lo que hacemos en este laboratorio es estudiar algunos tipos tumorales, qué tipo de señal es la predominante y tratar de construir inhibidores para esa señal. En la práctica serían nuevos medicamentos que apunten al eje central por el cual ese tumor es inmortal.
¿Podemos hablar de un cáncer nacional?
No, pero podemos hablar de que hay un patrón de cáncer argentino. De acuerdo al IARC, la agencia internacional de investigación sobre cáncer, que analiza las estadísticas epidemiológicas de todo el mundo, podemos hablar de que Argentina es un país donde la frecuencia de cáncer es media alta. Para tener un parámetro, muchos países africanos tienen frecuencia baja; y los europeos, media alta como nosotros. Dentro del país tenemos subregiones. como la Capital Federal que mantiene índices de cáncer similares a los de Austria y provincias como Jujuy y Salta que tienen una incidencia alta como la de otros países latinoamericanos. La mayor frecuencia de los tumores que se dan en nuestro país es de cáncer de pulmón, de mama, de próstata y de colon rectal.
¿Sabemos más de estos cánceres y cómo combatirlos?
En lo que se avanza es en lo más molecular e intrínseco de la célula. En términos del entendimiento molecular, celular, de las nuevas tecnologías, de las nuevas potencialidades terapéuticas, se ha avanzado un poco. Ahora, en términos de lo que nosotros, argentinos, podemos hacer como investigadores frente a la población, se ha avanzado mucho.
¿Logró hacer realidad alguna de sus investigaciones? ¿Se fabrica alguna medicina basada en sus trabajo?
Lo hicimos en conjunto en este laboratorio, que tiene como director científico al doctor Daniel A-lonso. Trabajamos con una droga denominada Dermopresina y esa investigación fue patentada en EE.UU., Europa y Hong Kong como una medicina que disminuye el sangrado quirúrgico durante las cirugías y podría tener algún efecto antimetastásico que está en estudio. La compañía argentina Biogénesis se interesó en ese desarrollo y lo comenzó a comercializar para tumores de mama en perros y está en curso el ensayo clínico en seres humanos.
Salieron de la trampa de marfil del laboratorio ...
Hasta hace 15 o 20 años atrás, el científico sólo pensaba en su publicación de la investigación. Nosotros estamos pensando en los pacientes. Siempre me acuerdo de algo que me enseñaron en la facultad y que decía Hipócrates: la vida es corta, el arte es largo, la ocasión es fugaz, la evidencia es engañosa y el análisis es difícil. Lo que nos quiso decir ese científico doscientos años antes de Cristo es que la ciencia es más larga que nuestra vida y que también es desechable y provisional. Es decir que hoy construimos una verdad, a partir de nuestra hipótesis y que esa hipótesis se va a comprobar errónea el día de mañana y sobre esa hipótesis errónea se va a construir una nueva verdad y así se construye la ciencia.
En el caso de la oncología, pareciera que no hay demasiado tiempo. La epidemia del cáncer es una brasa en las pipetas de los investigadores.
La brasa quema, pero ¿cómo estábamos 30 años atrás? Hoy las terapias están más dirigidas, son más eficaces, tienen menos efectos adversos, curan más y en eso nos basamos. Tampoco nosotros los investigadores podemos apurarnos a sacar conclusiones que no estén absolutamente comprobadas. Al mismo tiempo, el 75% de los cánceres son prevenibles o curables. Nos queda un 25% que sí, a lo mejor no podemos curar, pero podemos ayudar con medidas paliativas.
¿Hay mayor cantidad de cánceres que hace 30 años?
Salvo algunos tumores sanguíneos, los cánceres son más abundantes en una determinada franja etaria, que es a partir de los 50 años. Cuando el promedio de vida era de apenas 35 o 40 años nos moríamos de enfermedades infecciosas y no nos preocupaba el cáncer. Hoy, los promedios de cáncer se mantienen, pero se ven más porque vivimos más. Esto, con la excepción del cáncer de pulmón femenino, que tiene que ver con viejas campañas para que la mujer fume. Hoy estamos viendo las consecuencias.
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